La Herida de la menopausia

Llevo unos días reflexionando mucho después de leer vuestros comentarios en el último artículo que publiqué. Ya sabes que soy una gran defensora de la escucha, y cuando algo me importa intento no pasar rápidamente por encima. Y a través de todos vuestros mensajes he descubierto cual es la herida de la menopausia. 

Y es que estos días he vuelto a encontrarme con una frase que ya había aparecido en los mensajes que recibí después de publicar mi artículo sobre la terapia hormonal«No me reconozco».

Pero esta vez, al leeros, empecé a comprender que había algo más profundo detrás de esas tres palabras.

Una mujer me contó que llegó a pensar que tenía un tumor. Había cambiado tanto que dejó de reconocerse y necesitó acudir al neurólogo para intentar entender qué le estaba pasando. Otra me dijo que había consultado a siete médicos hasta conseguir la información que necesitaba.

Otra escribió algo que me resonó especialmente: «Lo peor de todo no fue encontrarme mal, sino no encontrarme en mí».

Y entonces me pregunté qué significa realmente eso de no reconocerse y cómo puede relacionarse con la herida de la menopausia.

Porque no hablamos solamente de mirarte al espejo y no identificar el cuerpo que ves. Tampoco hablamos únicamente de estar más triste, más irritable, más cansada o de sentir ansiedad. Es algo más difícil de explicar: la sensación de que las coordenadas internas con las que durante años te habías orientado empiezan a fallar.

La Herida de la menopausia

De pronto dudas de ti, te cuesta tomar decisiones que antes tomabas con naturalidad. Necesitas pedir opinión, te preguntas por qué reaccionas de una manera que no reconoces como propia. Puedes sentirte frágil cuando durante toda tu vida te has considerado una mujer fuerte y lo más desconcertante de todo es que, desde fuera, sigues siendo tú.

Sigues teniendo tu historia, tu trabajo, tus relaciones, tus responsabilidades, tus recuerdos, pero por dentro algo parece haberse desplazado.

Y cuando no sabes qué está ocurriendo, es fácil pensar que el problema eres tú.

Que te estás volviendo más débil, que has perdido capacidades, que ya no eres la mujer que eras, que quizá deberías esforzarte más, hacer más terapia, cuidarte mejor, controlar tus emociones, dormir más, comer mejor, meditar más…

Hasta que llega un momento en que puedes acabar preguntándote algo mucho más profundo: ¿quién soy ahora?

Creo que esta es una de las heridas de la menopausia de las que menos hablamos.

Durante mucho tiempo hemos aprendido a hablar de esta etapa desde el cuerpo. Los sofocos, el sueño, la sequedad vaginal, el peso, las articulaciones, la libido. Y por supuesto que todo eso importa, pero hay mujeres atravesando algo mucho más difícil de explicar: la experiencia de dejar de reconocerse y no comprender por qué.

Y aquí aparece algo que me parece fundamental: la menopausia nos ocurre a todas, con nuestra historia concreta, con lo que hemos vivido, con nuestras heridas y nuestros recursos, con los años de cuidar de otros, con los duelos, los cambios familiares, las relaciones que terminan o empiezan, los hijos que crecen, los padres que envejecen, los trabajos que ya no queremos hacer, los cuerpos que cambian y la conciencia, cada vez más clara, de que todavía tenemos mucha vida por delante.

Una de vosotras lo expresó de una manera preciosa: «Es una transición con tu vida sacudiendo por muchos lados». Y después añadía algo que creo que resume muy bien esta etapa: «Ahora mismo, lo que quiero es dentro de este caos físico y mental encontrar mi identidad».

Por eso me interesa tanto ampliar la conversación sobre la menopausia.

Porque no quiero que nos quedemos solamente en cómo aliviar síntomas, quiero que podamos preguntarnos también qué sucede con nuestra identidad cuando dejamos atrás determinadas versiones de nosotras mismas. Qué pasa cuando ya no queremos seguir viviendo desde los mismos lugares. Qué hacemos con la mujer que fuimos y con la que todavía no sabemos del todo quién será.

 

Y aquí aparece una paradoja que me parece fascinante: algunas mujeres me habéis contado que, después de ese periodo de desconcierto, empezasteis a poner límites que nunca antes habíais puesto, a valorar vuestro tiempo de otra manera. A dejar de tolerar determinadas relaciones. A preguntaros qué queréis realmente.

Es decir, no todo lo que vivimos como una pérdida sea solamente pérdida, porque, mientras una identidad se deshace, otra empieza a abrirse camino.

No necesariamente una mujer más joven, más productiva, más atractiva o más adaptada a lo que se espera de ella, sino una mujer más consciente de sus límites, de sus deseos, de su tiempo y de lo que ya no está dispuesta a negociar consigo misma.

Y esto me hace pensar que reencontrarnos no significa volver a ser quienes éramos, significa conocernos de nuevo.

Por eso creo que necesitamos escuchar mucho más las voces de las mujeres que están atravesando esta etapa. No para convertir cada experiencia individual en una verdad universal, ni para encontrar una explicación única a todo lo que nos sucede. Tampoco para decidir que las hormonas son la respuesta o que no lo son.

Sino para poder decir: esto también está pasando.

Para que una mujer que hoy piensa que se está volviendo loca pueda leer a otra y sentir que no está sola. Para que aquella que lleva meses intentando entender qué le ocurre pueda encontrar palabras. Para que podamos hablar de salud mental, de hormonas, de cuerpo, de historia personal y de identidad sin tener que separar artificialmente aquello que, en nuestra experiencia, sucede al mismo tiempo.

Y también, para recordar algo que estos días me habéis enseñado una vez más: que cuando una mujer se atreve a decir «no me reconozco», no está diciendo únicamente que se ha perdido, está empezando a preguntarse quién quiere ser ahora.

Y esa pregunta, aunque pueda dar miedo, también puede ser el comienzo de algo profundamente poderoso.

Gracias por llegar hasta aquí. Si  te apetece compartir tu experiencia, respóndeme, me encantará leerte.

Mónica Manso

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