Me queda un mes para cumplir 57 años, lo que he descubierto al cerrar el septenio de los 49 a los 56
Estoy a un mes de cumplir 57
y hoy quiero compartir contigo una gran reflexión que he hecho y que tiene que ver con esas situaciones repetitivas con las que nos encontramos a lo largo de la vida. Una reflexión que estoy convencida de que puede servirte, resonarte e inspirarte.
Lo hago con la intención de que, al revelar algunos de los aspectos que yo estoy iluminando dentro de mí, pueda inspirarte a iluminar los tuyos, en este camino de madurez y sabiduría femenina que todas compartimos.
Hace unos días, a raíz de una situación de salud que estoy atravesando y que se está alargando —no es grave, pero sí entraña bastante dolor físico—, volví a buscar información sobre la teoría de los septenios.
No sé si la conoces. Básicamente, es una mirada de raíz antroposófica que contempla la vida como un recorrido de ciclos de siete años, cada uno de ellos con determinadas cualidades y aprendizajes. Es una de tantas maneras que existen para intentar comprender y dar significado a las diferentes etapas que recorremos las personas a lo largo de la vida. Ahora te explicaré una parte que, para mí, ha resultado especialmente reveladora.
Como este proceso de atravesar dolor físico me estaba llevando inevitablemente a recordar que yo ya había pasado por algo parecido de niña, durante las operaciones quirúrgicas a las que fui sometida entre los 3 y los 8 años, tenía la sensación de que, de alguna manera, estaba volviendo a pasar por algo conocido, pero desde otro lugar. Como si la vida me estuviera llevando de nuevo a una de esas espirales que, de vez en cuando, nos trae para que podamos mirar algo con otros ojos.
Al compartir precisamente esta sensación con mi amiga y mujer sabia, Carmen Rosety, me sugirió que mirara los posibles paralelismos entre los septenios de la juventud y los de la edad adulta. Tal vez, me dijo, por ahí podía encontrar algo de luz para comprender lo que estaba —y estoy— viviendo.
Yo ya había leído sobre los septenios, pero no sabía nada de estos paralelismos. Así que me puse a indagar con ChatGPT y descubrí algo que me resonó TANTO que se me llenaron los ojos de lágrimas y casi me dejó sin aliento.
Y he sentido un impulso muy grande de compartirlo contigo porque el septenio que estoy cerrando ahora, entre los 49 y los 56 años, es precisamente el que estamos atravesando muchas de las mujeres que formamos parte de esta comunidad.
Y lo que descubrí sobre él me hizo mirar estos últimos siete años de una manera completamente diferente.
¿Qué son los septenios?
En la lectura de los septenios de la tradición antroposófica de Rudolf Steiner, la vida se organiza en ciclos de siete años. Existe también una interpretación según la cual los septenios de la segunda mitad de la vida pueden ponerse en relación con los correspondientes de la primera mitad.
No se trata simplemente de que las etapas «se repitan», sino de que determinados temas, aprendizajes, conflictos o experiencias pueden volver a aparecer desde otro nivel de conciencia, con la posibilidad de ser vistos, comprendidos o integrados de una manera diferente.
La correspondencia que se propone es la siguiente:
0–7 ↔ 42–49
7–14 ↔ 49–56
14–21 ↔ 56–63
Esto significaría que, alrededor de los 40 y tantos años, pueden empezar a reactivarse o revisitarse aspectos relacionados con etapas anteriores de nuestra vida, pero desde la mujer adulta y con una posibilidad diferente de comprenderlos e integrarlos.
Y aquí quiero hacer una aclaración importante: esto no son verdades absolutas ni una teoría respaldada científicamente. Yo lo estoy utilizando como una herramienta de reflexión, como una mirada simbólica que me ha ayudado a comprender algunas cosas de mi propio camino, y así deseo que tú también la recibas.
Proseguimos.
Entre los 7–14 años y los 49–56: ¿Qué se estaría espejando?
Me voy a detener en este período porque es precisamente el que estoy cerrando yo. No voy a hacer aquí un recorrido por todos los septenios y sus correspondencias, porque nos daría para un artículo muchísimo más largo y, además, si este tema te despierta curiosidad, puedes seguir investigándolo por tu cuenta.
Lo que me interesa es contarte qué encontré cuando empecé a mirar este espejo concreto: el de los 7–14 y los 49–56.
Entre los 7 y los 14 años dejamos poco a poco atrás la primera infancia y empezamos a construir una relación más consciente con el mundo, con los demás y con nosotras mismas.
Es una etapa en la que empezamos a construir nuestra autoimagen, a compararnos con los demás, a relacionarnos con la autoridad y las normas, a descubrir nuestros propios ideales y quien soy frente a los demás, y a despertar a un mundo emocional cada vez más complejo.
Y ahora viene lo que a mí me ha resultado fascinante.
al llegar a los 49–56 algunos de esos grandes temas pueden volver a llamar a nuestra puerta. aquello que empezó a configurarse entre los 7 y los 14 puede volver a presentarse entre los 49 y los 56 para ser experimentado desde un yo mucho más adulto para revisarlo desde otro lugar..
Puede aparecer una revisión profunda de la identidad. Una crisis de valores. La necesidad de desprendernos de determinadas expectativas. Una sensación de «ya no me reconozco» —algo de lo que hablaba precisamente en mi último newsletter al referirme a esa herida tan profunda de la menopausia—. Una necesidad de pertenecer de otra manera. O, por el contrario, una necesidad cada vez más fuerte de dejar de adaptarnos.
Y entonces aparecen las preguntas.
Si entre los 7 y los 14 años podían ser:
¿Qué esperan de mí?
¿Cómo tengo que ser?
¿Soy suficientemente buena?
¿Pertenezco?
¿Qué lugar ocupo?
Entre los 49 y los 56 pueden convertirse en:
¿Quién soy cuando dejo de vivir según lo que se esperaba de mí?
¿Qué quiero realmente?
¿Qué ya no estoy dispuesta a hacer?
¿Qué significa pertenecer sin dejar de ser yo?
Y aquí aparece otra cosa que me parece especialmente interesante: la autoridad externa empieza a perder fuerza.
Durante la infancia necesitamos que otros nos digan cómo es el mundo y cómo debemos movernos en él. Aprendemos normas, valores, creencias y modelos de lo que significa ser una buena niña, una buena mujer, una buena madre, una persona de éxito…
Y muchas de esas ideas se quedan viviendo dentro de nosotras sin que nos demos cuenta.
Hasta que llega un momento en que empiezan a chirriar.
«Esto es lo que una mujer debe ser.»
«Esto es lo que significa ser valiosa.»
«Esto es lo que se espera de una buena madre.»
«Esto es lo que significa tener éxito.»
«A mi edad ya debería…»
«Una mujer de mi edad no puede…»
Y aparece una pregunta importante: ¿Esto es mío o lo aprendí?
Por eso encuentro tan sugerente esta mirada sobre los 49–56.
Porque los 7–14 pueden ser el momento en que empezamos a aprender quién tenemos que ser para encajar en el mundo.
Y los 49–56 pueden convertirse en el momento en que empezamos a descubrir quiénes somos cuando ya no necesitamos encajar de la misma manera.
¿No te parece fascinante?
Cómo he llevado esta información a mi propia experiencia
Como te he comentado, de niña atravesé numerosas intervenciones quirúrgicas y mucho dolor físico. En 2023 hice un profundo trabajo con el trauma que esta experiencia me había dejado. Pude abordar muchas de las huellas que habían quedado, pero hubo una parte que no trabajé —y de la que me he dado cuenta ahora, haciendo toda esta reflexión—: el dolor corporal.
Ahora estoy atravesando un proceso físico doloroso (me reitero, no es nada grave) que, para mí, está teniendo una reverberación inesperada con aquella etapa.
Me estaba viendo atrapada en la experiencia del dolor, desesperanzada, sin salida, con esa sensación irracional de que no iba a haber cura para mí. Y, a través de toda esta indagación, comprendí que una parte de mí estaba atrapada en el dolor de aquella niña, en aquella sensación de desesperanza.
Pero ahora ya no soy ella.Soy una mujer adulta y tengo otra posibilidad.
Puedo sentir el dolor sin convertirme en aquel cuerpo infantil atrapado en él.
Estoy en medio de un proceso doloroso que está siendo diagnosticado. Es desagradable. Pero ahora soy una mujer adulta que puede investigar, buscar médicos, decidir tratamientos, pedir ayuda, descansar, y, sobre todo, salir de la experiencia por momentos.
Justo todo lo que aquella niña no pudo hacer.
Ahora puedo vivir una experiencia corporal intensa sin tener que relacionarme con ella como de niña tuve que hacerlo.
Mi cuerpo de mujer adulta me está ofreciendo otra experiencia, aquí y ahora, en la que puedo descubrir algo que entonces era imposible: el dolor puede estar presente sin que yo tenga que desaparecer dentro de él.
Puedo respirar a favor de él.
Puedo acompañarme.
Puedo dejarme cuidar.
Puedo sentir desazón y, aun así, recordar: Ahora no soy aquella niña.
Hay algo muy poderoso en descubrir que una experiencia puede volver a rozarnos sin que tengamos que vivirla de la misma manera.
Y desde ahí puedo empezar a aceptar lo que me está sucediendo, hacerle espacio, dejar de oponerme constantemente a ello y soltar parte de la tensión que añade sufrimiento al propio dolor.
Y de verdad, qué liberación siento.
¿Cómo puedes llevar esta información a tu propia experiencia?
Mientras hacía todo este recorrido, pensé que quizá a ti también pueda servirte detenerte un momento y mirar si hay alguna experiencia actual que esté tocando, de alguna manera, algo más antiguo en ti.
No para buscar explicaciones a todo lo que nos sucede ni para forzar paralelismos, sino simplemente para observar.
¿Hay algo que estás viviendo hoy que te resulta extrañamente familiar, aunque las circunstancias sean diferentes?
¿Qué parte de ti se activa ante esa experiencia y qué necesita esa parte de ti ahora?
Y, sobre todo:
¿Qué puedes hacer hoy, como mujer adulta, que aquella niña o aquella joven que fuiste no podía hacer?
A veces, poner luz ahí no cambia inmediatamente lo que nos está sucediendo, pero sí puede cambiar profundamente la manera en que lo atravesamos.
Un recorrido por mi propio septenio
Con todo este trabajo de indagación me di cuenta de que estaba cerrando este septenio y que, al cumplir 57, entraría en otro. Y me pareció una oportunidad maravillosa para mirar hacia atrás, hacer un recorrido por estos últimos siete años, poner todo lo vivido en un buen lugar, cerrarlo y disponerme a abrir con amor el siguiente septenio.
Con lo que a mí me gusta escribir, cogí mi libreta y me puse a ello. Lo que no podía imaginar era la gran sorpresa que me llevaría al contemplar ¡todo lo que había vivido!
Entre los 49 y los 56 me separé y me divorcié.
Pasé de vivir en pareja a vivir con mi hijo y a volver a sostenerme económicamente por mí misma.
Al separarme volví a trabajar por cuenta ajena porque no quería sostener, en aquel momento, la incertidumbre de ser autónoma. Y así he seguido hasta la actualidad donde compagino ambas actividades: mi marca personal y un trabajo en la Generalitat de Catalunya.
Aprendí también a relacionarme de otra manera con el trabajo, con mi marca personal y con la idea que tenía de mí misma como profesional.
Escribí dos libros: La Menopausia Consciente y El Poder de la Edad, que nacieron, en distintos momentos, dentro de este septenio. Dos libros que, de alguna manera, también cuentan mi propia evolución y mi manera de mirar a la mujer y al paso del tiempo.
Conocí a mi pareja actual, mi alma gemela, mi compañero de vida. Mi ángel.
Atravesé una depresión y trabajé profundamente con mi historia de trauma.
Decidí tomar Terapia Hormonal para la Menopausia y mi salud mental se estabilizó.
Y también ocurrió algo que para mí ha sido muy importante: aprendí a separar mi ser de mi marca personal. A comprender que mi trabajo puede formar parte de mi vida sin definir quién soy, y que mi autoestima no tiene por qué depender de cómo funcione mi marca, de cuánto crezca o de lo que los demás piensen de ella.
Después de hacer todo este recorrido, llegué a una conclusión que me sorprendió: he vivido muchísimo en estos siete años.
Y durante mucho tiempo no había podido ver la dimensión de todo lo que había atravesado porque, cuando estamos dentro de una etapa, no tenemos perspectiva. Vamos resolviendo lo siguiente. Atravesando lo siguiente. Sobreviviendo a lo siguiente. Construyendo lo siguiente.
Hasta que un día miras hacia atrás y descubres que has cruzado un territorio enorme. Por eso hacer esta retrospectiva me ha resultado tan importante.
Porque no solo me ha permitido recordar acontecimientos. Me ha permitido reconocer a la mujer que he sido durante estos siete años.
Una mujer que ha tenido miedo, que ha sufrido, que se ha equivocado, que ha tenido que empezar de nuevo, que ha amado, que ha creado, que ha trabajado, que ha escrito, que ha pedido ayuda, que ha aprendido, que ha atravesado momentos muy oscuros y que ha seguido adelante, más fortalecida que nunca.
Al mirar todo eso desde cierta distancia, apareció una palabra que no suelo utilizar para hablar de mí: heroína.
No porque haya sido invencible, precisamente al contrario, porque he seguido caminando también cuando no sabía muy bien hacia dónde iba.
Cuatro preguntas y un ritual para cerrar etapas
Hay momentos en la vida en los que una etapa pide ser mirada antes de pasar a la siguiente. Y quizá este sea uno de ellos para ti.
Este trabajo de reflexión lo he hecho acompañada de cuatro preguntas que quiero compartir contigo, por si tú también sientes que ha llegado el momento de detenerte y mirar lo vivido antes de seguir caminando.
Así que te propongo convertirlo en un pequeño ritual.
Durante los días que necesites, sin prisa, toma tu libreta, prepárate tu bebida preferida, limpia tu espacio, ponte un aroma que te guste y disponte a escribir.
No tienes que responderlas todas en el mismo momento, puedes hacerlo en días separados.
- Lo que este septenio me dio.
O este año, o esta etapa, si no estás cerrando un septenio.
No mires solamente lo bueno. Pregúntate también qué te obligó a aprender, qué capacidades desarrollaste, qué descubriste de ti precisamente porque la vida te puso delante situaciones que no habías elegido.
- Lo que agradezco.
Personas, experiencias, descubrimientos, decisiones, incluso aquello que al principio no hubieras elegido.
Agradecer no significa que todo haya sido bueno ni que tengamos que encontrarle una justificación a todo lo que nos ha ocurrido. Significa reconocer el lugar que determinadas experiencias han ocupado en nuestra historia y lo que hoy podemos ver de ellas con otra perspectiva.
- Lo que dejo aquí.
No para olvidarlo, sino porque ya no necesito llevarlo de la misma manera al siguiente tramo.
¿Qué quieres dejar atrás?
¿Qué forma de reaccionar, de relacionarte, de exigirte, de protegerte o de mirar la vida ya no necesitas seguir sosteniendo?
¿Qué puedes soltar para hacer espacio?
Y después llega, para mí, la pregunta más importante:
- ¿A qué mujer quiero darle la bienvenida en los próximos siete años?
No qué quiero conseguir, qué objetivos quiero alcanzar o qué cosas quiero tener, sino
¿Qué mujer quiero ser?
Esta pregunta me parece especialmente importante cuando hablamos de madurez.
Porque sí, bella: es fuerte hacerse mayor. No creo que tengamos que edulcorarlo. Hay duelo, hay cosas que se van, hay una conciencia nueva de finitud, el cuerpo cambia, el tiempo adquiere otra densidad… Y ahí hay muchísimo de lo que explico en mi libro El Poder de la Edad.
Por eso este cambio de septenio, o al cumplir un año más, o simplemente este cambio de etapa en tu vida, puede convertirse en una pequeña ceremonia.
Una ceremonia íntima de agradecimiento a la mujer que has sido durante estos años y también una bienvenida a la mujer que está llegando.
Si tú también estás atravesando un momento de cambio y sientes que ha llegado la hora de mirar hacia dentro, escríbeme. Podemos hacer juntas ese trabajo de iluminar aspectos de ti, cerrar lo que ya no necesitas llevar de la misma manera y explorar la mujer que quieres convocar para esta nueva etapa.
Con amor,
Mónica Manso



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