Terapia hormonal para la menopausia: nunca pensé que acabaría tomándola

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Terapia Hormonal Menopausia


Nunca pensé que acabaría tomando
terapia hormonal para la menopausia

Mi historia no es lineal. Es una historia en espiral, larga y, creo, inspiradora. Quiero contártela entera para que entiendas hasta qué punto esta fue una decisión meditada. Y quizá también para ayudarte a reflexionar y atravesar algunos de los miedos que suelen aparecer cuando nos planteamos tomar o no tomar una terapia hormonal para la menopausia.

Durante años investigué sobre la menopausia, escribí un libro sobre ella y acompañé a mujeres atravesando esta etapa. Y si alguien me hubiera preguntado en esos momentos si algún día tomaría terapia hormonal, seguramente habría respondido que no. Porque yo era una de esas mujeres que confiaba profundamente en el trabajo interior, en la capacidad de transformación que tenemos cuando aprendemos a escucharnos, en el cuerpo, en los procesos naturales y también, por qué no decirlo,  en cierta idea de que si la naturaleza nos había llevado hasta la menopausia, quizá había una sabiduría detrás que convenía respetar.

Mi menopausia empezó en 2018, de una forma amable. Recuerdo aquellos primeros años con curiosidad, con ganas de investigar, con ilusión incluso, pues en aquella época no había prácticamente nada de información en español y tuve que documentarme en inglés. Mis primeros síntomas fueron más que nada desarreglos en el sueño, ya que empecé a dormir y descansar mucho peor, aftas en la lengua (poco se habla de este síntoma), cambios de humor (aunque siempre había sido una mujer emocionalmente intensa, así que tampoco les di demasiada importancia)  y poco más. 

A raíz de mis investigaciones empecé a divulgar de manera positiva sobre el tema, principalmente sobre el viaje psicoemocional que transitamos las mujeres con el cambio de etapa vital. Construí un proyecto alrededor de esta etapa y poco después, en 2021, publiqué  «La Menopausia consciente», libro que me encargó la editorial RBA y que me hizo una gran ilusión. De algún modo sentía que la menopausia no tenía por qué ser ese territorio sombrío que tantas veces nos habían contado.

Durante esos primeros años, todo iba viento en popa, y  pensé que estaba transitando una buena menopausia y quizá por eso lo que vino después me desconcertó tanto.

Porque años más tarde, en 2023, empecé a sentir una tristeza profunda y una desconexión del impulso vital que me resultaba inquietantemente familiar. No fue de golpe, no fue una caída abrupta, fueron meses, tal vez desde la pandemia. Una sensación persistente de estar alejándome poco a poco de la mujer que había sido. Menos fortaleza interna y resiliencia, más miedo, más inseguridad, pensamientos catastróficos y una dificultad creciente para confiar en la vida, incluso una especie de crisis espiritual silenciosa.

Y hubo algo más difícil todavía, empecé a reconocer en mí algo que había visto durante toda mi vida: el fantasma de la depresión de mi madre, eso fue devastador. Descubrí que lo que mi madre me había contado durante tantos años sobre su depresión era lo mismo que lo que yo estaba sintiendo: esa pena profunda y esa tristeza sin motivo aparente , la apatía total ante la vida…, ya no se trataba de un bajón emocional como tantos había tenido, era algo mucho más oscuro, profundo y duradero y me asusté mucho. 

Mis estrógenos habían tocado fondo, y yo también, pero no lo relacioné con ellos, todavía.

Primer intento de terapia hormonalTerapia hormonal menopausia

Justo en 2023 inicié, junto a Ana Escudero,  la Formación en Climaterio y menopausia para profesionales del bienestar femenino y  allí fue donde escuché hablar a la doctora Clotilde Vázquez, docente de la formación, de los cambios hormonales no solo desde lo físico, sino también desde su impacto en la salud mental de las mujeres, en la ansiedad y la depresión. Y esa perspectiva empezó a resonar en mí de una forma distinta.

Descubrí que, en algunas mujeres, especialmente cuando hay vulnerabilidades previas en la historia de vida, la caída  de estrógenos podía estar influyendo de forma más profunda de lo que tradicionalmente se había explicado en la salud mental. 

Además, la Dra. Clotilde fue una de las primeras profesionales a las que escuché hablar de terapia hormonal desde una mirada rigurosa, actualizada e integradora. A través de sus clases y de su libro Con hormonas y a lo loco, empecé a descubrir una perspectiva muy distinta de la que había conocido hasta entonces. 

Ella, como endocrinóloga con más de 30 años de experiencia y con una mirada integrativa y muy humanista, hablaba del déficit estrogénico de una forma que me hizo reflexionar profundamente. Si tratamos un hipotiroidismo cuando la glándula tiroides deja de funcionar correctamente, ¿por qué nos cuesta tanto plantearnos que un déficit hormonal, como es el de la menopausia, también pueda requerir tratamiento en algunas mujeres? Su visión de la terapia hormonal era unicista y especialmente indicada para aquellas mujeres que acusan una sintomatología muy aguda e incapacitante.

Al escucharla, algo profundo empezó a cambiar en mí,  porque por primera vez dejaba de sentir que tenía que elegir entre lo natural y lo médico,  entre lo emocional y lo hormonal, y empezaba a aparecer una visión más integrada, más amplia, menos polarizada y con mucho sentido común.

En ese momento yo seguía funcionando. Trabajaba, divulgaba en mis redes sociales, impartía formación, seguía adelante. Pero por dentro me sentía profundamente inestable. La tristeza persistía, el miedo persistía, la inseguridad persistía y empecé a plantearme algo que hasta entonces había evitado: probar la terapia hormonal para ver si podía ayudarme con mi estado de ánimo.   Además Clotilde nos explicó que había una ventana de oportunidad y que no podían pasar más de 10 años desde la última menstruación ni llegar a los 60. Yo ya llevaba varios años en menopausia y sabía que, si quería explorar esa opción, no podía posponerla indefinidamente. 

Lo hice acompañada de una ginecóloga de la seguridad social y de la Dra. Clotilde, en formato de  parches de estrógenos y progesterona oral por la noche.

Reconozco que la tomé asustada. Si te lees el prospecto y ves todos los efectos secundarios, no es para menos. Así que inicié el proceso y al segundo día empecé a sentir unos dolores de cabeza intensos y mareos.  Dicen que el cuerpo necesita un tiempo para estabilizarse y asumir lo nuevo. 

Lo intenté durante una semana. Pero los dolores de cabeza y los mareos (debidos a la progesterona) eran tan intensos, y yo me sentía tan insegura, tan frágil y tan inestable, que finalmente lo hablé con la Dra. Clotilde y decidimos dejarlo. 

Este primer intento no funcionó para mí. No era el momento, todavía. Lo que no sabía entonces era que la historia no había terminado ahí y que antes tenía que trabajar algo de mi pasado que tenía pendiente. 

Terapia hormonal para la menopausiaAún tenía que acoger una parte de mi pasado

Después del intento fallido, mis síntomas de tristeza y depresión seguían así que hice lo que siempre había hecho: seguir buscando soluciones. Tanto internas como externas.

Probé distintos complementos, enfoques más naturales, plantas medicinales como el Hipérico o la ashwagandha,  ajustes en la alimentación y ejercicio de fuerza, algunos enfoques energéticos… distintas estrategias de regulación emocional. Seguí trabajando en mí misma, intentando ordenar lo que sentía, buscando sentido a esa tristeza persistente y a esa pérdida de confianza interna que no terminaba de explicarse del todo.

Pero había algo que iba ganando terreno de forma silenciosa: la sensación de que, a pesar de todo lo que hacía, algo profundo en mí no terminaba de estabilizarse. Fue en ese contexto cuando empecé a investigar sobre trauma. No llegó como una idea intelectual, sino casi como una intuición. Había una historia muy conocida y dolorosa de mi infancia que necesitaba ser mirada desde otro lugar. 

Desde los 18 años, el trabajo interior ha sido una especie de hilo conductor en mi vida, casi una forma de entender la existencia. Así que cuando todo dentro de mí empezó a tambalearse, mi primera reacción no fue rendirme, sino intentar comprender lo que estaba ocurriendo. 

Fue entonces cuando decidí empezar un trabajo específico con una psicóloga especializada en tratar el trauma con EMDR . Y ahí se abrió otro nivel de comprensión sobre mi niñez e historia de vida. 

Volví a atravesar algunas de las experiencias más difíciles de mi niñez: las operaciones quirúrgicas en mi pierna, las largas hospitalizaciones y recuperaciones que sufrí entre los tres y los ocho años. Comprender mi herida de sumisión fue un proceso muy duro, pero profundamente transformador. El EMDR me permitió dar luz a rincones a los que nunca había llegado, no tanto desde el entendimiento racional, sino desde una reorganización de la psique mucho más profunda. 

Y aunque mejoré enormemente con ese trabajo, y tuve la sensación de sanar por fin una parte muy importante de mi pasado, la tristeza y esa sensación de fragilidad interior no desaparecieron del todo.

Y eso me desconcertaba, porque yo siempre había sido una mujer fuerte.

Mientras todo esto ocurría, la menopausia seguía su curso. Los problemas de sueño continuaban, la sequedad vaginal había llegado para quedarse y yo tenía que seguir adelante, aunque muchas veces me costara el doble de esfuerzo hacer cosas que antes me salían de manera natural: viajar sola, tomar decisiones, enfrentarme a los retos cotidianos o exponerme en redes sociales.

Segundo intento de terapia hormonal y esta vez doy en la diana

Aún estando fatal emocionalmente yo siempre he sido una mujer muy funcional, enfocada, orientada a resultados, (es lo que tiene haber aprendido la disociación desde niña…) así que seguí con mi vida y tuve una buena tregua emocional hasta que en 2025 volví a sentir el fantasma de la depresión.

La tristeza seguía ahí. La pérdida de confianza en mí misma seguía ahí. La sensación de haber perdido fuerza interna seguía ahí. Y con ella algo más difícil de nombrar: pensamientos intrusivos, catastrofismo, una sensación constante de fragilidad emocional que afectaba a lo más básico, a mi capacidad de estar en la vida con cierta estabilidad.

Todo ello derivó en una crisis de ansiedad durante las vacaciones con mi hijo en Roma. Recuerdo acabar llorando por iglesias y monumentos, llamando desconsolada a mi pareja a España para que me calmara,  mientras intentaba entender qué me estaba pasando. Menos mal que mi hijo Pau ya tenía 18 años, es un chico con una buena base de inteligencia emocional y no era la primera vez que me veía así. Aquella crisis me asustó profundamente. 

Cuando volví de Roma lo tuve claro: no era una etapa puntual, no era un mal momento, era un estado que se había ido instalando poco a poco con el paso de los años. Y en ese punto, honestamente, ya había hecho todo lo que sabía hacer.

Había trabajado en mí durante décadas. Había atravesado procesos terapéuticos profundos, había buscado comprensión, había explorado caminos distintos y había intentado sostenerme desde todo lo que conocía.

Y aun así, algo importante dentro de mí seguía sin terminar de asentarse. Recuerdo ese momento con mucha claridad. Ya no era una búsqueda de respuestas nuevas. Ya no era preguntarme qué me estaba pasando. La pregunta había cambiado, ahora era: ¿qué necesito ahora para dejar de perderme en esto?

Fue entonces cuando la posibilidad de la terapia hormonal volvió a aparecer, y esta vez no desde la teoría, sino desde la necesidad real de tomar una decisión.

Estaba otra vez frente a dos caminos que jamás pensé que me plantearía: valorar antidepresivos o volver a intentar la terapia hormonal, y me decidí por la segunda opción por varios motivos.

Por un lado, porque ya llevaba muchos años en menopausia y sabía que la llamada «ventana de oportunidad» no permanecería abierta para siempre.

Por otro, porque entre 2023 y 2025 la conversación sobre terapia hormonal había cambiado enormemente. Empezaron a aparecer más libros, más artículos científicos, más divulgación rigurosa, más ginecólogas y profesionales hablando abiertamente de ello. De pronto, la información estaba mucho más disponible.

Esta vez contacté con la ginecóloga Ariana Bonato, una profesional a la que conozco desde hace más de veinte años, profesora también de la formación en climaterio y menopausia, y alguien que conoce bien mi historia.

Ariana tiene una mirada profundamente humanista e integrativa. No es una profesional que recete terapia hormonal de manera automática, sino alguien que valora cuidadosamente cada caso y cada contexto.

Esta vez yo tampoco partía de cero. Llegaba con años de reflexión, con experiencia, con un intento previo fallido y con una comprensión mucho más profunda de lo que me estaba ocurriendo.

Le expliqué con detalle todo lo que había sucedido en 2023 y cómo había reaccionado a los parches de estrógenos y a la progesterona oral. Fue entonces cuando me propuso una alternativa diferente: la tibolona(*).

Tal y como soy yo, lo primero que hice fue investigar. Leí estudios científicos, revisé bibliografía y pasé horas leyendo experiencias de otras mujeres, la mayoría en inglés, porque sigue siendo donde más información encontré.

Y lo que descubrí me llamó mucho la atención: muchas mujeres hablaban de mejoras significativas en la ansiedad, los cambios de humor, el estado de ánimo, la libido y la sensación general de bienestar.

Aun así, no fue una decisión rápida ni sencilla. De hecho, probablemente fue una de las decisiones más meditadas que he tomado en esta etapa de mi vida.

Recuerdo muy bien el miedo. Un miedo muy concreto y muy físico, relacionado con los posibles efectos secundarios, con cómo reaccionaría mi cuerpo, con lo desconocido. Y también con otra cosa, con la necesidad de atravesar una creencia muy arraigada en mí: que lo natural siempre era mejor que lo farmacológico.

Recuerdo la necesidad de sostener internamente aquella decisión, casi como si tuviera que reconciliar distintas partes de mí que aún no terminaban de ponerse de acuerdo.

Cada mañana, antes de tomar la pastilla, le repetía a mi cuerpo y a toda mi biología que aquel fármaco me iba a sentar bien, que iba a ayudarme, que mi cuerpo sabría recibirlo.

Lo hacía a modo de ritual.

Y el cambio no tardó mucho en aparecer.

El punto de inflexión en mi madurez femenina

En menos de dos semanas empecé a notar una estabilización clara en mi estado emocional. No como un cambio brusco o eufórico, sino como un incremento de la serenidad y el buen humor. Empezó a haber menos oscilación, más continuidad y menos sensación de estar emocionalmente expuesta todo el tiempo.

Junto a eso apareció algo muy concreto también: una mejora en la sequedad vaginal, que fue acompañada de un aumento de la libido y  el deseo.Esas dos cosas fueron bastante rápidas y evidentes. 

A partir de ahí, con el paso de las semanas, empezaron a cambiar otras cosas más sutiles pero igual de importantes: una mayor estabilidad emocional, menos pensamientos intrusivos, menos catastrofismo, y un incremento de la fuerza interna y la resiliencia para atravesar los retos diarios de la vida. Además claro, de una reconexión con el placer y las relaciones íntimas con mi pareja.

Después, poco a poco, fue volviendo otra cosa: la confianza en mí misma, en mis decisiones, en mi criterio. En mi capacidad de sostener la vida sin esa sensación de fragilidad permanente.

Y con el tiempo también se ha amplificado la presencia en el día a día, la contemplación, la capacidad de disfrute y una forma más habitada serena y en paz de estar en mi propia vida. Que es en lo que estoy ahora, escribiendo este artículo.

Lo que veo ahora

Mirando todo este recorrido, hoy no lo vivo como una historia lineal ni como una solución única. No creo que la terapia hormonal explique por sí sola lo que ha ocurrido, igual que tampoco creo que todo lo anterior se pueda explicar únicamente desde lo emocional o desde el trabajo interior.

Lo que veo ahora es que no había una sola explicación, había una historia larga de búsqueda personal, de trabajo interno sostenido durante décadas, de comprensión progresiva de mi propia historia, de procesos terapéuticos profundos, de momentos de pérdida de estabilidad emocional y de decisiones médicas tomadas en contextos muy concretos.

Y también veo algo que para mí es importante nombrar: en algunas mujeres, especialmente cuando existen vulnerabilidades previas o historias sensibles, los cambios hormonales pueden tener un impacto profundo en la salud mental, no como única causa, pero sí como un factor que merece ser tenido en cuenta, investigado y acompañado con rigor, cosa que ya vienen haciendo doctoras como Lisa Mosconi, Louann Brizendine o  Marie Claire Harver.

Durante mucho tiempo hemos separado demasiado estas dimensiones: lo psicológico, lo hormonal, lo médico, lo vital. Pero la experiencia vivida, al menos la mía, no encaja bien en compartimentos separados. Si algo he aprendido en estos años es que la vida rara vez se deja explicar desde un único lugar.

Por eso me parece importante abrir conversaciones más amplias sobre lo que significa atravesar la menopausia en el mundo actual: con vidas cada vez más largas, la exigencia de la productividad laboral, el estrés que conlleva, historias personales diversas, la dedicación a los cuidados sin que haya apenas relevo de los hombres, la cultura del culto a la juventud y nuestros cuerpos femeninos que no funcionan al margen de todo eso.

Si comparto esta historia no es para ofrecer respuestas cerradas, sino para aportar mi experiencia y contribuir a una conversación que, siento, todavía está empezando.

Gracias por llegar hasta aquí. Si algo de lo que has leído ha resonado contigo, puedes escribirme a hola@lamenopausiaconsciente.com y contarme tu historia. Estaré encantada de leerte y de que te unas a esta necesaria conversación.

También te pido que si crees que el artículo puede ayudar a alguna amiga o mujer que conozcas, envíaselo, te estaré muy agradecida.

Con amor,

Mónica Manso

(*)La tibolona es un compuesto sintético que, al ser procesado por el cuerpo, se convierte en tres metabolitos diferentes que actúan selectivamente: tienen efecto estrogénico en huesos y cerebro, progestágeno en el endometrio, y androgénico (similar a la testosterona) en el hígado y cerebro. Los parches y la progesterona oral elevan directamente los niveles generales de estas hormonas. La tibolona no requiere dos fármacos distintos ni se absorbe por la piel, pero los parches ofrecen una mayor seguridad cardiovascular al evitar el paso por el hígado.

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